Escrito en piedra
Un abogado y un Hombre Cívico se encontraron un día en una céntrica ciudad de un país mediterráneo durante un día de relajo y de ocio. El abogado era todo un caballero y el hombre Cívico todo un caballero era y pronto congeniaron, sabían de mil historias, uno por su capacidad viajera y mundanal, el otro por su experiencia vital y su capacidad de estar siempre rodeado de gentes. Ambos odiaban la soledad. Se hicieron muy amigos, a pesar de la lejanía, a pesar de la edad, a pesar de los pesares, una amistad basada en la confianza y el respeto mutuo, en la sencillez y calidad de las formas, en el abrazo y el apretón de manos.
El abogado usaba un nombre rimbombante, Hiram de Acacia, tomado de un caballero antiguo cuya leyenda se fue forjando con el tiempo, una leyenda de honor y muerte, de valor y justicia, de traiciones y envidias. Un árbol, la Acacia, a cuyos pies la leyenda cuenta que fue enterrado, después de ser asesinado un héroe de antaño.
El hombre cívico, usaba un nombre pesado, Yugo, un armazón de madera al cual se uncen por el cuello o por la cruz los bueyes o las mulas, y en el que va sujeta la lanza o pértigo del carro, ó el timón del arado. Figuradamente se considera como una cosa pesada, una atadura, ¡Esclavitud! , pero no, no , nuestro cívico hombre lo usó por otra definición, una relacionada con el matrimonio, con el traje nupcial de la novia. Ese era su significado.
Después de celebrarse la reunión en la ciudad de Hiram de Acacia, y tras risas, rosas, rusas, rubias, rupias, y ristras de carcajadas cargadas de pan con mermelada sobre la ajada mesa de un restaurante de primera con vino y es verídico, convino el azar que ambos quedaran en tomar un nuevo camino, sin olvidar un lugar donde un día volverían a quedar para hablar, charlar, rajar, platicar y tomar un café en la barra de un bar.
Ese día, tras largos instantes de silencio y largos días de melancolía, se hizo tangible, visible, realizable. Fue plausible y posible que un ocupadíssssissisimo abogado, siempre atareado, con su toga y prelado, con sus hijos y compromisos varios, pudiese y aceptase una invitación al sur de su entrañable compañero, el hombre cívico Yugo. Una invitación a conocer su región, el Sur. Un acercamiento a una playa con barcas varadas, con yates, con barcos, con lanchas, con veleros. Al fin y al fallo, Hiram de Acacia era marinero. Un buen navegante de mares de olas azules radiantes y brillantes con el sol naciente en el horizonte dibujando las velas sobre el reino de Neptuno, y en el crepúsculo, perfilando sombras a contraluz, sobre el azul claroscuro del atardecer del Sur.
Hiram de Acacia aceptó la invitación, pero sus ocupaciones le dejaban poco tiempo, apenas si tenía para un día, atareado, ocupado, con su agenda siempre llena, sus recados, su imprescindible teléfono móvil con él a todos los lados. Yugo, al contrario, era relax, paz, calma, jardinero de jardines despoblados de hierbas y anegados de flores y colores.
Se saludaron, se abrazaron, compartieron cálidos momentos sociales en bares y agradables restaurantes en compañía de más gente conocida. A la tarde, Yugo quiso enseñarle a su amigo la playa, una playa de arena fina y blanca, y acompañados por su fiel Rufo anduvieron un par de kilómetros, alejándose del bullicio de la ciudad del sur.
Entonces sucedió algo del todo punto incomprensible. Inimaginable. Recalcitrante y pedante, algo se fue de madre, se formaron nubes negras, el mar se encrespó, el diablo cargó la escopeta y aquello desembocó en ¡ En una discusión ¡ . El mar físico seguía en calma e igual de bello, pero el mar interior de los amigos se había convertido en tempestad.
En cierto modo eran chorradas, nimiedades de chiquillos, a pesar de ser ellos hombres, diferencias de criterios sin ningún misterio, ¡Jilipolleces varias, vaya ¡ . Un decir yo digo blanco, tú dices negros, y ¡Ostras! , ¿Y si lo dejáramos en gris? . Pues va a ser que sí. Qué gris es el color, pero yo sigo diciendo blanco y tú negro.
Se sintieron ofendidos, ambos, de igual modo, y el silencio tan sólo lo interrumpían las olas al arrastrar la arena y fue entonces cuando Yugo, como anfitrión que era, se sintió muy apesadumbrado y triste, se arrodilló sobre la arena y escribió en ella :
- "Hoy mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro".
A continuación decidió que para ahogar sus penas, lo mejor era tomar un baño en la playa, relajarse un rato, nadar un poco, alejar los fantasmas de la iniquidad de su mente y olvidar, olvidar, olvidar discusiones banales que aun andaban en pañales, y esperar que no crecieran, se alejaran muy lejos, cual puntito de estrella fugaz cuando cruza rauda en el firmamento y ya no vuelve a verse, la misma, nunca más.
Nadando en la mar, sintió que algo estaba yendo mal, sus fuerzas flaqueaban, se sentía débil, sus brazos no le sostenían, su cuerpo se hundía hacia el fondo y asustado empezó a gritar.
Hiram de Acacia, desde la orilla le vio y presto, sin dudar un instante, se lanzó al agua. Unas brazadas fuertes y llegó a su lado. Le arrastró a la orilla y allá los dos, permanecieron juntos en silencio, sentados en la arena, mirando una vela a lo lejos.
Decidieron regresar, de nuevo en silencio. No caigas en el peor de los errores, el silencio. (W.W.), y al llegar a una zona rocosa, tomando Yugo un estilete y usando de mazo una piedra, escribió sobre las rocas:
- "Hoy mi mejor amigo me salvó la vida".
Intrigando por aquello, Hiram de Acacia , rompió el silencio que reinaba entre ellos y le preguntó :
-¿Por qué, después que nos hemos lastimado mutuamente, y de forma infantil y estúpida, escribiste primero en la arena, y ahora escribes en una piedra?
Y Yugo, el hombre cívico, acarició a su perro, que caminaba tranquilamente a su lado, le sonrió a su amigo, con una sonrisa afable y sincera y le respondió:
Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado, cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo.
Hiram de Acacia le extendió su mano. Yugo la apretó con firmeza. Se abrazaron.
Ambos dijeron un Perdón y un Lo siento y decidieron regresar en un futuro ante ese mar, esa playa y esas rocas, a grabar en piedra, en la piedra de la memoria del corazón frases nuevas que afianzasen esa amistad, y también, ¿por qué no?, en la arena, frases y dichos y hechos que han herido sentimientos, pero que se escriben para ser olvidados.
El silencio se fue. Incluso Rufo empezó a ladrar, y las olas del mar arrastraban frases escritas en la arena, borrándolas sin más, sin dejar huella.
El abogado usaba un nombre rimbombante, Hiram de Acacia, tomado de un caballero antiguo cuya leyenda se fue forjando con el tiempo, una leyenda de honor y muerte, de valor y justicia, de traiciones y envidias. Un árbol, la Acacia, a cuyos pies la leyenda cuenta que fue enterrado, después de ser asesinado un héroe de antaño.
El hombre cívico, usaba un nombre pesado, Yugo, un armazón de madera al cual se uncen por el cuello o por la cruz los bueyes o las mulas, y en el que va sujeta la lanza o pértigo del carro, ó el timón del arado. Figuradamente se considera como una cosa pesada, una atadura, ¡Esclavitud! , pero no, no , nuestro cívico hombre lo usó por otra definición, una relacionada con el matrimonio, con el traje nupcial de la novia. Ese era su significado.
Después de celebrarse la reunión en la ciudad de Hiram de Acacia, y tras risas, rosas, rusas, rubias, rupias, y ristras de carcajadas cargadas de pan con mermelada sobre la ajada mesa de un restaurante de primera con vino y es verídico, convino el azar que ambos quedaran en tomar un nuevo camino, sin olvidar un lugar donde un día volverían a quedar para hablar, charlar, rajar, platicar y tomar un café en la barra de un bar.
Ese día, tras largos instantes de silencio y largos días de melancolía, se hizo tangible, visible, realizable. Fue plausible y posible que un ocupadíssssissisimo abogado, siempre atareado, con su toga y prelado, con sus hijos y compromisos varios, pudiese y aceptase una invitación al sur de su entrañable compañero, el hombre cívico Yugo. Una invitación a conocer su región, el Sur. Un acercamiento a una playa con barcas varadas, con yates, con barcos, con lanchas, con veleros. Al fin y al fallo, Hiram de Acacia era marinero. Un buen navegante de mares de olas azules radiantes y brillantes con el sol naciente en el horizonte dibujando las velas sobre el reino de Neptuno, y en el crepúsculo, perfilando sombras a contraluz, sobre el azul claroscuro del atardecer del Sur.
Hiram de Acacia aceptó la invitación, pero sus ocupaciones le dejaban poco tiempo, apenas si tenía para un día, atareado, ocupado, con su agenda siempre llena, sus recados, su imprescindible teléfono móvil con él a todos los lados. Yugo, al contrario, era relax, paz, calma, jardinero de jardines despoblados de hierbas y anegados de flores y colores.
Se saludaron, se abrazaron, compartieron cálidos momentos sociales en bares y agradables restaurantes en compañía de más gente conocida. A la tarde, Yugo quiso enseñarle a su amigo la playa, una playa de arena fina y blanca, y acompañados por su fiel Rufo anduvieron un par de kilómetros, alejándose del bullicio de la ciudad del sur.
Entonces sucedió algo del todo punto incomprensible. Inimaginable. Recalcitrante y pedante, algo se fue de madre, se formaron nubes negras, el mar se encrespó, el diablo cargó la escopeta y aquello desembocó en ¡ En una discusión ¡ . El mar físico seguía en calma e igual de bello, pero el mar interior de los amigos se había convertido en tempestad.
En cierto modo eran chorradas, nimiedades de chiquillos, a pesar de ser ellos hombres, diferencias de criterios sin ningún misterio, ¡Jilipolleces varias, vaya ¡ . Un decir yo digo blanco, tú dices negros, y ¡Ostras! , ¿Y si lo dejáramos en gris? . Pues va a ser que sí. Qué gris es el color, pero yo sigo diciendo blanco y tú negro.
Se sintieron ofendidos, ambos, de igual modo, y el silencio tan sólo lo interrumpían las olas al arrastrar la arena y fue entonces cuando Yugo, como anfitrión que era, se sintió muy apesadumbrado y triste, se arrodilló sobre la arena y escribió en ella :
- "Hoy mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro".
A continuación decidió que para ahogar sus penas, lo mejor era tomar un baño en la playa, relajarse un rato, nadar un poco, alejar los fantasmas de la iniquidad de su mente y olvidar, olvidar, olvidar discusiones banales que aun andaban en pañales, y esperar que no crecieran, se alejaran muy lejos, cual puntito de estrella fugaz cuando cruza rauda en el firmamento y ya no vuelve a verse, la misma, nunca más.
Nadando en la mar, sintió que algo estaba yendo mal, sus fuerzas flaqueaban, se sentía débil, sus brazos no le sostenían, su cuerpo se hundía hacia el fondo y asustado empezó a gritar.
Hiram de Acacia, desde la orilla le vio y presto, sin dudar un instante, se lanzó al agua. Unas brazadas fuertes y llegó a su lado. Le arrastró a la orilla y allá los dos, permanecieron juntos en silencio, sentados en la arena, mirando una vela a lo lejos.
Decidieron regresar, de nuevo en silencio. No caigas en el peor de los errores, el silencio. (W.W.), y al llegar a una zona rocosa, tomando Yugo un estilete y usando de mazo una piedra, escribió sobre las rocas:
- "Hoy mi mejor amigo me salvó la vida".
Intrigando por aquello, Hiram de Acacia , rompió el silencio que reinaba entre ellos y le preguntó :
-¿Por qué, después que nos hemos lastimado mutuamente, y de forma infantil y estúpida, escribiste primero en la arena, y ahora escribes en una piedra?
Y Yugo, el hombre cívico, acarició a su perro, que caminaba tranquilamente a su lado, le sonrió a su amigo, con una sonrisa afable y sincera y le respondió:
Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado, cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo.
Hiram de Acacia le extendió su mano. Yugo la apretó con firmeza. Se abrazaron.
Ambos dijeron un Perdón y un Lo siento y decidieron regresar en un futuro ante ese mar, esa playa y esas rocas, a grabar en piedra, en la piedra de la memoria del corazón frases nuevas que afianzasen esa amistad, y también, ¿por qué no?, en la arena, frases y dichos y hechos que han herido sentimientos, pero que se escriben para ser olvidados.
El silencio se fue. Incluso Rufo empezó a ladrar, y las olas del mar arrastraban frases escritas en la arena, borrándolas sin más, sin dejar huella.
2 comentarios
Jugador_S -
Aprovecho para responder a tu pregunta.
No. No es de Coelho.
Fué en un cuento árabe de origen anónimo :
" Dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron.
El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:
"Hoy mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro".
Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra:
"Hoy mi mejor amigo me salvó la vida".
Intrigado, el amigo preguntó:
-¿Por qué, después que te lastimé, escribiste en la arena, y ahora escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro amigo respondió:
-Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado, cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo. "
white -